~AFORTUNADO VS DESDICHADO~

Hace muchos años había una vez un campesino que vivía en un poblado, en dónde se dedicaba a criar caballos para luego venderlos como animales de granja, de tiro, etc… Un día una de sus mejores yeguas se escapó de la granja y la familia y los amigos se acercaron a visitarle y le comentaron “¡ Qué lástima que se haya escapado! ¡Con lo bonita que era esa yegua y el dinero que hubieses ganado con sus potrillos! ¡Qué mala suerte!” a lo que el campesino comentó “Quién sabe, mala suerte o buena suerte, el tiempo lo dirá”.

Pasaron las semanas y los meses y un buen día de los montes más altos bajó hasta la granja la yegua, acompañada de un caballo salvaje y un potrillo. Al enterarse en el pueblo todos los vecinos se alegraron mucho por él y quisieron celebrarlo. “¿No es maravilloso?” exclamaron. “¡Eres tan afortunado!” “¡Se escapó una yegua y vuelve con un potrillo y un caballo salvaje de las montañas!” “¡Menuda suerte más buena!” El hombre sonrió y dijo, ” Quién sabe, mala suerte o buena suerte, el tiempo lo dirá”.

Durante algunas semanas el hijo mayor del campesino estuvo trabajando en la doma del caballo salvaje, pero uno de los días que lo fue a montar, el caballo lo tiró con fuerza al suelo y el muchacho se fracturó la pierna. De nuevo familiares y vecinos se acercaron hasta la granja y al ver la situación que había ocurrido exclamaron: “¡Qué mala suerte, con lo joven que es tu hijo y se quedará lisiado de por vida!” Nuevamente, el hombre dijo, “Quién sabe, mala suerte o buena suerte, el tiempo lo dirá”.

Pasaron los meses y en el país estalló la guerra, de manera que el ejercito buscaba a jóvenes sanos para alistarlos en sus filas. Al llegar al poblado en el que vivía el campesino, dejaron a su hijo por estar lisiado. Rápidamente los familiares y vecinos acudieron a verlo y le dijeron, “Qué suerte tan grande que tu hijo no va a ir a la guerra”. Su respuesta fue la misma: “Quién sabe, mala suerte o buena suerte, el tiempo lo dirá”.

Catalogar lo que nos sucede como bueno o malo tan solo está condicionado por la manera en cómo percibimos las situaciones externas y cómo es nuestro estado de consciencia para adaptarnos a las nuevas circunstancias. Es decir, para una persona, una situación puede ser buena y en cambio, para otra persona puede ser mala. Nada de lo que sucede en el exterior es bueno o malo, somos nosotros quienes lo juzgamos dependiendo de cómo es nuestra manera de percibir los sucesos y cómo es nuestra situación de vida.

En algún momento de la vida, la mayoría de las personas se dan cuenta de que no solamente nacen, crecen, tienen éxito, buena salud, placeres y victorias, sino de que también hay pérdidas, fracasos, envejecimiento, deterioro, sufrimiento y muerte. En términos convencionales se habla de lo bueno y lo malo, del orden y el desorden.
Las personas suelen asociar el “significado” de la vida con lo “bueno”, pero lo bueno permanece bajo la amenaza constante del colapso, la descomposición y el desorden. Es la amenaza de lo “malo”, cuando las explicaciones fallan y la vida deja de tener sentido. Tarde o temprano, el desorden irrumpe en la vida de todo el mundo. Puede asumir la forma de una pérdida, un accidente, una enfermedad, la invalidez, la vejez y la muerte. Sin embargo, la llegada del desorden a la vida de una persona con el consiguiente colapso del significado definido por la mente, puede constituir la puerta de entrada a un estado de mayor conciencia.

Con nuestra forma de pensar tendemos a aislar las situaciones y los sucesos y los calificamos de buenos o malos, como si existieran por separado. La realidad termina dividida a base de depender excesivamente del pensamiento. Esta división, si bien es una ilusión, parece muy real mientras estamos atrapados en ella. Sin embargo, el universo es un todo indivisible en el cual, todas las cosas están interconectadas y donde nada puede existir aisladamente.

Darnos cuenta que existe una conexión profunda entre todas las cosas y todos los sucesos nos lleva a comprender que lo “bueno” y “malo” no son más que ilusiones. Que siempre nos aportan una perspectiva limitada, puesto que son verdaderos solamente de manera relativa y temporal.

Ese “Quién sabe, mala suerte o buena suerte, el tiempo lo dirá” del sabio campesino de la historia anterior, representa la renuncia a juzgar cualquier cosa que pueda suceder. En lugar de juzgarla, la acepta por lo que es, de manera que entra a estar conscientemente a disposición de los acontecimientos. Sabe que a la mente le queda imposible muchas veces comprender el lugar o el propósito de un suceso aparentemente aleatorio en medio del tapiz del todo. Pero no hay sucesos aleatorios ni cosas que existan aisladamente por sí solas. Las causas del suceso más insignificante son virtualmente infinitas y están conectadas con el todo de manera que escapa a nuestra comprensión. Si quisiéramos devolvernos a encontrar la causa de cualquier suceso, tendríamos que remontarnos hasta el comienzo de la creación. El cosmos no es caótico. La palabra “cosmos” en sí significa orden. Pero no es un orden comprensible para la mente humana, aunque sí es posible vislumbrarlo a veces.

Por ello cada vez que ocurra un hecho que te impacte en tu vida, ponte a disposición del universo sin entrar a valorar si el hecho es bueno o malo y desde la neutralidad pura las circunstancias se irán acomodando a la realidad auténtica, permitiendo que tengas una mayor comprensión. Si necesitas que te acompañe en tus pasos, ponte en contacto conmigo. Lo haré encantada.

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